La hermandad española

España se ha sumergido, desde la implantación de la actual Constitución, en un estado de anarquía propio sólo del mismo en que se sumió durante todo el siglo XIX, con las consecuencias que todos conocemos. Repetimos, por lo tanto, la parte más agria de nuestra historia. No aprendemos, ¡Qué pena!

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Este año, en el que se cumple el 40 aniversario de la Constitución del 78, se nos está estimulando, de norte a sur y de este a oeste, en forma ostensible a celebrarla como si fuese la panacea que ha vivificado nuestra existencia. Incluso el Rey, Felipe VI, tanto en la ceremonia de entrega de los Premios Princesa de Asturias como en la de Rey Jaime I en la Lonja de Valencia ha repetido que gracias a la Constitución “el pueblo español ha recuperado y reconocido la diversidad de nuestros orígenes, culturas, lenguas y territorios”. ¡qué falacia y qué presunción!

Hoy más que nunca, gracias a esta Constitución estamos cada día más lejos de esa hermandad española, reflejo del evangelio, en la que nuestros prójimos, ricos o pobres, sabios o ignorantes, arriesgados o tímidos, altos o bajos deberíamos sentirnos indiscutiblemente como hermanos.

Hermandad española, otrora tan fraternal y católica, que, con las Autonomías, nacidas y alimentadas por la Constitución, se ha trasformado en odio de cases o sexos, castas o partidos; y para mayor inri, se nos implanta obligatoriamente la Ley de la Memoria Histórica, también salida de la Constitución, para aleccionar de forma subjetiva y partidista lo que real y verdaderamente fue la II República, la Cruzada de Liberación Nacional, y todos los años posteriores vividos en paz y prosperidad.

Quieren hacernos olvidar que gracias a que los Principios Fundamentales que nos regían, eran el fiel reflejo de la Ley Divina o Ley de Amor, también escrita en todos los corazones con ese mensaje de Cristo de “amaros los unos a los otros, como Yo os he amado”, mensaje de fraternidad cristiana y de verdadera hermandad que ensalza a todos los hombres, que hoy la Memoria Histórica, sin que nos demos cuenta, de forma machacona y repetitiva trata de anular.

De todos es sabido que el hombre ama más lo que tiene próximo que lo lejano, porque aquello lo conoce mejor que esto. Por eso queremos a nuestros amigos más que a los que no lo son, y a nuestros vecinos más que a los de otras localidades, y a los compatriotas más que a los no nacionales.

Y ello era así, antes de la Constitución vigente, porque teníamos la misma sangre, hablamos el mismo idioma, practicábamos una misma religión, teníamos la misma Historia y una sola cuna: la madre España, que nos hacía hermanos a todos los españoles.

Esa hermandad nos obligaba a respetarnos y ayudarnos los unos a los otros; perdonarnos nuestros defectos, consolarnos en las desgracias y participas en todas las alegrías, porque los rencores y las rencillas estaban más que superados, de tiempo atrás, sin necesidad de la mal llamada transición, que realmente fue una ruptura y tapadera de los  traidores y perjuros, verdaderos mendigos de la Patria que habían sido elevados a la categoría de caballeros por Franco, para entregar cobardemente, caso único en la Historia,  la Victoria a los perdedores.

Entonces creíamos en la suprema realidad de nuestra patria, y por ello habíamos de fortalecerla, engrandecerla de forma apremiante en una tarea colectiva de hermandad unificadora de cultura, de intereses económicos, sociales y religiosos, en la que participábamos todos los españoles.

Normalmente cuando se habla de hermandad, todo el mundo la relaciona inmediatamente con el parentesco, la familiaridad y los lazos de sangre; y realmente es verdad, pero no es menos cierto que la esencia de la hermandad española radicaba en su fe, en su religiosidad.

Sí, verdaderamente nuestra hermandad estaba fundamentada en nuestra catolicidad, en ese mandamiento nuevo que nos obligaba a amarnos unos a otros apiñados como sarmientos a la vid. Por ese amor del que han surgido cofradías y hermandades en su diversidad de formas y trabajos de valor imprescindible, manteniendo vivas nuestras raíces a lo largo de los siglos.

Así ha sido siempre a través del tiempo, excepto en la II República y en estos últimos 40 años constitucionalistas de implantación democrática, en los que de forma inusitada y sin justificación aparente, se renegó mayoritariamente de nuestra Unidad Católica, y se ponderó una Constitución sin Dios. Fue en 1931 y hoy en 1978 , cuando se ha dejado herida de muerta a la hermandad española, porque tanto con aquella como con la vigente Constitución atea es de donde han salido los aguijones hirientes de  nuestra hermandad: los partidos políticos, las autonomías, las luchas de clases, los nacionalismos, la memoria histórica, la ideología de género,  que han permitido las disgregaciones y que nos soliviantemos con intereses egoístas de grupos, individuos y clases, atentando abiertamente  contra el destino común universal de España, provocando una conspiración repulsiva contra su esencia intrínseca de nuestra total unidad, al fomentar el odio de la envidia y la revancha, la violencia de género  (curiosamente en parejas de hecho y amancebamientos, pero no en matrimonios canónicos) y el crimen execrable del separatismo, al que, aunque la hermandad española esté aparentemente recogida y oculta, cuando el momento lo exija, estoy seguro que, surgirá unánime e inquebrantable como una suprema realidad, hermanándonos de nuevo, exigiendo su anulación fulminante en defensa tanto en la unidad territorial, como en salvaguarda de su unidad católica

Digámoslo de una vez por todas, al omitir a Dios en nuestra Carta Magna, los españoles nos quedamos en orfandad y desamparo. Se ha renegado de la propia Ley divina inscrita en los corazones, y consiguientemente renunciando expresamente a amar en hermandad, para entregarse, cada vez con más promiscuidad, al hedonismo materialista de intereses mundanos, llegando incluso a falsificar la propia historia para conseguir la desmembración de España con un regionalismo chato y privado de destino universal. En tanto que el verdadero amor de hermandad, como es el fraternal amor cristiano, que hermana a todos los hombres sin distinciones, provincialismos, ni secuelas estatuarias separatistas, queda marginado y en trance de desaparición.

A pesar de todo, no olvidemos que somos hijos de una misma madre: España, y consiguientemente estamos hermanados como españoles. Hoy al igual que ayer, ante la suprema realidad de nuestra Patria, en su situación actual, tenemos la obligación y el deber de sostenerla, fortalecerla y engrandecerla de forma apremiante en una tarea colectiva de hermandad familiar.

No quiero terminar sin dejar constancia de que la hermandad española, como realidad histórica, política, social, cultural, y sobre todo moral, no está adormecida, anestesiada y extraviada, como pretenden hacernos creer con un falso fenecimiento, sino que está viva y expectante, esperando un punto de encuentro de cuantos españoles quieran, aunando voluntades, reivindicar su españolía en defensa de su unidad católica y territorial, de su soberanía nacional,  de su lengua común, de sus símbolos, tradiciones e Historia.

Y para finalizar dejo para su reflexión esta frase que me hicieron aprender de memoria cuando de niño estudiaba en el colegio del Buen Consejo de los PP agustinos: “Yo me considero hermano de mis compañeros, y como a tales los respetos, ayudo y quiero. No deseo que se me tache de egoísta. Al necesitado daré mi pan y al triste le haré participar de mi gozo. No quiero ser tacaño de nada; quiero darme a todos, pues todos somo hermanos.

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